Te despiertas, te levantas, corres, te duchas, te secas, te vistes, antes has tenido que desvestirte, desayunas, ¿lavarte los dientes? No hay tiempo, nunca lo hay. Sales a la calle, corres, los árboles son verdes, ¿acaso importa? La fachada del instituto es blanca, eso sí importa, corres. Ves la fachada entras a clase, miras, ves, te miran, da igual, porque ya estas sentado. El sonido de la tiza es veloz, pero los segundos parecen minutos, ¿qué pasa? De repente ya no lo son, ahora la manecilla corre corre y corre.
Los colores, han cambiado, todo cambia, el profesor cambia, los compañeros cambia, tú cambias, eres distinto, estás confuso, es normal supones, piensas. “No tendría que haber tomado aquello anoche”, crees, se lo dices a tu compañero, él te ignora, estás solo, el lugar cambia, el escenario cambia. Estas en otro lugar.
No es ni más bonito ni más feo. Distinto, nada más. Empiezas a andar, no sabes a donde, corres, no sabes cuánto tiempo, no sabes cuanta distancia. Te preguntas: ¿son mis pies los que se mueven o es este lugar? Duda. La duda termina, tus pies dejan de tocar el suelo, es el suelo el que deja de tocar a tus pies, para caer. Caes. Ahora lo sabes, el lugar se mueve, hasta que deje de hacerlo, deja de hacerlo. El centro de la tierra, sí, debe de ser eso, el centro de la tierra es un lugar claro, brillante. Te deslumbra, ves una sombra, una sombra al final del túnel. Caminas, corres, llegas.
Te despiertas.