Te despiertas, pero es difícil levantarse por mucha prisa que se tenga, suena el despertador… pero nunca lo escuchas, nunca, al fin y al cabo, ya sonará otra vez. Ducharse por las mañanas te parece un asco, pero lo cierto es que nunca te acuerdas de hacerlo por las noches, el cansancio. Sigues teniendo prisa, recuerdas, así que tus pasos se aceleran según recorres los pasillos de la casa, hasta que das con el desayuno, no tienes tiempo de quedarte mirándolo como haces siempre, degustando la misma avena de siempre con los ojos, ya que sabes que su gusto es aún peor. Si corres aún podrás llegar a tiempo a clase.
Cuando entras el mundo ha dejado de correr, tú has dejado de correr, calle arriba y calle abajo, por cerca que esté el instituto de tu casa, el camino siempre es largo y nunca termina, hasta que vuelves a casa al menos. Pero la clase es lo que importa, lengua otra vez, el profesor te mira, ¿ira? ¿desprecio? Tú crees que desafío, pero no sabes realmente qué quiere decir. Así que decides sentarte, en la misma silla de siempre, con el mismo compañero de siempre, qué feo es. Miras por la ventana, todo es triste, del mismo color, apagado, como si alguien hubiera tocado el mando de la ventana y queriendo bajar el volumen hubiera dejado el paisaje de un tono apagado. Tienes sueño, el desafío del maestro ya da igual, hasta dentro de media hora.