No puedo dejar de mirarla. Ahí, enfrente de mí, de duro mármol, con sus sombras perfectamente definidas y un nombre garabateado junto a las letras RIP. Sé que no es la primera, ni será la última. He visto morir, he visto matar, más de una vez, más de diez. La mano de ningún creador había dibujado mi cara cuando todo empezó, quizás ninguna lápida quede para recordarme cuando todo termine.
Pero lo cierto es que yo no tengo la culpa de que el camino sea así, y si elegí este camino y no otro es porque yo no soy más que un reflejo de mi mundo. Aunque no creo que fuera yo quien eligiera. Es más bien que me eligieron a mí. Hace mucho, más allá de allí donde llegan mis recuerdos. Allá donde presto atención encuentro gente como yo, o al menos como yo quiero ser, como ellos mismos me han enseñado a ser. Sólo violencia a mi alrededor, violencia de todo tipo, violencia en casa y violencia en la calle, violencia de los de arriba y de los de abajo.
Hoy es nada distinto, el brazo apunta, empuña un arma, contra una persona, no lo veo bien, el ángulo no es bueno, así que es imposible decir si está armado o indefenso, si era peligroso o el peligro iba en mi interior. Los segundos se alocan, el corazón late al mismo ritmo, sin ritmo en absoluto, bombeando sin control, llegando la sangre a cada gota de pintura, parece que me voy a desvanecer en el sudor. Entonces el disparo. Y la sangre salpica, no me mancho. Todo parece que vaya a llegar a su fin, aunque todavía no sé quien se ha llevado el balazo. Todavía no sé a quién se van a llevar las pistolas.